Familia

Le digo 'te quiero' a mis hijos todo el rato y no sé por qué lo necesito tanto

Se lo dices al dejarlo en el cole. Se lo dices al colgar el teléfono. Se lo dices otra vez cuando ya se ha dormido y no te oye, como si necesitaras decirlo una tercera vez para que valga. Y luego te quedas con la sensación rara de haberlo dicho de más, de haberlo soltado casi sin querer, como quien repite una palabra hasta que deja de sonar a palabra.

Si has llegado hasta aquí buscando esto, seguramente ya te has preguntado si es normal. Si estás asfixiando a tu hijo. Si le va a pesar tanto "te quiero" o si, al contrario, es una tontería y le estás dando demasiadas vueltas a algo que no tiene ninguna importancia.

No es ninguna de las dos cosas. O no solo. Vamos a mirarlo despacio.

Lo que repites en exceso suele ser lo que a ti nunca te dijeron

A mí me pasaba con mis hijos algo parecido, y tardé años en verlo con claridad. Lo decía al dejarlos en la puerta del colegio, con la mochila mal cerrada y las prisas de la mañana, y me daba cuenta de que lo repetía como quien echa sal en un guiso que ya está salado, sin necesidad, por si acaso.

En mi casa no se decía. No es que hubiera silencio con maldad, es que sencillamente no formaba parte del vocabulario de la cocina, ni del coche, ni de las sobremesas. Se hablaba de las notas, de si habías recogido tu cuarto, de lo que había que hacer al día siguiente. El cariño estaba, supongo, en el plato caliente y en la ropa lavada. Pero nunca bajó a la palabra. Nunca alguien me miró a los ojos y me dijo esas dos sílabas sin que vinieran pegadas a un "pero" o a una condición.

Cuando una crece así, el cuerpo aprende que ese hueco existe y que nadie lo va a llenar por su cuenta. Y entonces, de adulta, con tus propios hijos delante, algo dentro de ti dice: esto no va a faltar aquí. Y lo repites. Y lo repites otra vez, no porque el niño lo necesite tres veces, sino porque una parte muy vieja de ti sigue comprobando que la frase, esta vez, se ha dicho de verdad.

No es un problema con tus hijos: es tuyo, y viene de más atrás

Aquí quiero pararme, porque sé por dónde va la cabeza cuando una nota algo así en sí misma: enseguida se pregunta qué está haciendo mal como madre o como padre. Si les está transmitiendo ansiedad. Si el "te quiero" repetido se les va a quedar como una carga.

Y no. Decirle a un hijo que lo quieres, aunque sea muchas veces al día, no le hace ningún daño. Los niños no llevan la cuenta de cuántas veces se dice una frase bonita; la reciben, la guardan, y siguen a lo suyo. Lo que tú sientes de más —esa mezcla de urgencia y de vacío que aparece justo después de decirlo— no tiene que ver con ellos. Tiene que ver con la niña que fuiste, que sigue ahí dentro esperando oír algo que nunca le dijeron a tiempo.

Dicho de otro modo: no es que quieras demasiado a tus hijos. Es que sigues intentando, sin saberlo, decirte a ti misma lo que no te dijeron. Y como no puedes decírtelo a ti con esas mismas palabras todavía, lo derramas hacia fuera, hacia quien tienes más cerca y más indefenso: ellos.

No es un defecto como madre. Es una señal de un hambre vieja que sigue buscando dónde caber.

Un paso pequeño para hoy: preguntarte en silencio a quién se lo estás diciendo

No te pido que dejes de decírselo a tus hijos. Ni falta que hace, y probablemente sería peor intentar contenerlo de golpe, como quien tapa un grifo que necesita salida. Te pido solo una cosa pequeña, casi invisible para los demás.

La próxima vez que lo digas —esta misma noche, al dar las buenas noches, o mañana al dejarlos en la puerta—, quédate un segundo después de decirlo. Solo un segundo, en silencio, dentro de ti. Y pregúntate, sin exigirte una respuesta perfecta: ¿a quién se lo estoy diciendo en realidad?

A lo mejor no te sale nada. A lo mejor te sale un nombre, una cara, una cocina de hace treinta años. No hace falta que hagas nada con lo que aparezca. Solo notarlo. Ese es el paso de hoy: no cambiar nada, solo mirar un segundo más de cerca lo que hay debajo de la frase que repites.

Si te apetece, puedes anotarlo luego a mano, en una libreta cualquiera, sin darle más categoría que la de un apunte. A veces escribir a mano lo que se nota en ese segundo de silencio ayuda a que dejar de repetir la frase compulsivamente no dependa de la fuerza de voluntad, sino de ir entendiendo, poquito a poco, de dónde viene el hambre.

No tienes nada roto: tienes una herida que aún no se ha nombrado

Quiero que te quedes con esto sobre todo: repetir "te quiero" a tus hijos como quien tapa un agujero no te convierte en una mala madre, ni en alguien exagerado, ni en alguien que necesita "controlarse". Te convierte en alguien que llevó dentro, durante mucho tiempo, un silencio que le dolía y que ahora, sin querer, sale por donde puede.

Esa hambre no se cierra en una tarde ni prometiéndote a ti misma que vas a decirlo "con más calma". Se va aflojando poco a poco, un día detrás de otro, cuando empiezas a darte a ti misma, aunque sea con palabras pequeñas y a solas, lo que de niña esperabas oír de fuera. No hace falta arreglarlo todo de golpe. Solo notar hoy ese segundo de silencio, y dejar que sea suficiente por hoy.

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para quien creció con padres que estaban, no faltaba de comer… pero nunca decían «te quiero».

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