La tarde que no pude comerme una manzana entera
Eran las cinco de la tarde y, por primera vez en no sé cuántos días, no tenía nada urgente que hacer. Él dormía la siesta. El pastillero de los siete colores estaba ya preparado para la noche. Me senté a la mesa de la cocina con un té y una manzana cortada en cuartos, y me dije: esto, ahora, es mío.
Duró poco.
Al segundo cuarto de manzana ya estaba mirando el reloj. Al tercero, pensando en si habría que cambiar las sábanas antes de que se despertara. Dejé el cuarto trozo en el plato, a medio morder, y me levanté a fregar una taza que ya estaba limpia. La froté como si tuviera una misión. Y en mitad de ese gesto absurdo, con la esponja en la mano y la taza reluciente desde hacía un buen rato, me quedé quieta un segundo y pensé: ¿qué estoy haciendo?
No estaba haciendo nada, en realidad. Estaba huyendo de estar sentada.
La voz que no me dejaba quedarme
No fue un pensamiento con palabras claras. Fue más bien una inquietud en el cuerpo, una especie de hormigueo que me decía deberías estar haciendo algo, esto no puede ser todo, no te lo has ganado. Como si sentarme cinco minutos con una manzana fuera un lujo que había que justificar con algo productivo después, o mejor, con no habérmelo permitido del todo.
Llevaba meses, puede que ya un año, sin terminar nada despacio. Comía de pie, contestaba mensajes con el móvil en una mano y una cuchara en la otra, dormía con un oído puesto por si algo sonaba al otro lado del pasillo. Y me había acostumbrado tanto a ese ritmo que un rato quieto me resultaba, literalmente, incómodo. El cuerpo no sabía qué hacer con la calma. Se ponía nervioso, como cuando entras en una habitación demasiado silenciosa después de mucho ruido.
Dejé el cuarto trozo de manzana a medio morder y me levanté a fregar una taza que ya estaba limpia.
Lo que pensé después, sola en la cocina
Volví a sentarme, no porque hubiera resuelto nada, sino porque no tenía ya ninguna taza más que fregar. Y ahí, con la manzana un poco oscurecida ya por los bordes, me hice una pregunta que llevaba tiempo esquivando: ¿cuánto tiempo llevaba yo sin saber estar quieta sin sentir que le debía algo a alguien por ello?
No supe responderla del todo esa tarde. Pero sí me di cuenta de algo más pequeño y más honesto: que aquel cuarto de manzana a medio comer no era un capricho que me hubiera robado a nadie. Él seguía durmiendo tranquilo. La casa seguía en pie. Nadie había necesitado nada en esos cinco minutos. Lo único que había pasado es que yo había estado, por una vez, sin hacer nada útil. Y una parte de mí no sabía perdonarse eso.
Me quedé mirando el plato bastante rato. Pensé en todas las cosas que me gustaban antes y que había ido dejando caer sin darme cuenta, no por decisión sino por costumbre, por ese runrún que confunde estar disponible todo el tiempo con querer bien a alguien.
Por qué decidí terminarme la manzana
No fue una epifanía ni una promesa solemne. Fue algo mucho más pequeño y más tozudo: al día siguiente, a la misma hora, volví a sentarme con otra manzana. Y esta vez me puse como única meta terminármela entera, sentada, sin levantarme a por nada aunque la voz de dentro insistiera. Me costó. La segunda mitad me la comí casi a la fuerza, como quien cumple un ejercicio raro. Pero la terminé.
No cambió nada grande ese día. Él siguió necesitando lo mismo, la casa siguió llena de lo mismo que él necesitaba en la nevera, el pastillero siguió marcando el ritmo de las horas. Lo único distinto fue que, durante esos minutos, hubo un trocito de tiempo que fue solo mío de principio a fin. Y empecé a entender que ese trocito, por pequeño que fuera, no se lo estaba quitando a nadie. Se lo estaba dando, por fin, a mí.