La noche que entendí que mi cabeza me mentía a las tres
Era domingo. Lo sé porque tenía la ropa del lunes puesta sobre la silla, doblada con ese cuidado un poco absurdo con el que uno prepara la ropa cuando en realidad lo que está preparando es la excusa para no pensar en lo que le espera. Camisa azul, la que menos me gusta pero la única limpia. Pantalón encima. Zapatos abajo, ya emparejados. Y yo en la cama, mirando esa silla en la penumbra como si fuera otra persona esperando a que amaneciera antes que yo.
El reloj de pared del pasillo hacía ese tictac que de día ni se oye y de noche se convierte en la banda sonora entera de tu insomnio. Cogí el móvil para mirar la hora, aunque sabía que mirarla no iba a ayudar en nada. 3:14. La luz azulada de la pantalla me dejó ese resplandor pegado en los ojos un rato, y volví a dejarlo bocabajo en la mesilla, otra vez a oscuras, otra vez con el tictac.
El pensamiento que tenía esa noche no era grande ni dramático, y por eso mismo me sorprendió tanto lo que pesaba. Era una reunión del lunes a las nueve. Tenía que decir algo delante de gente que me pone nervioso, algo que en realidad ya había preparado, algo que de día me parecía perfectamente manejable. Pero a las tres de la madrugada esa reunión se había hinchado hasta ocupar la habitación entera. Le daba vueltas a la misma frase de apertura, la cambiaba, la volvía a cambiar, imaginaba caras serias, imaginaba que se me olvidaba todo, imaginaba el silencio incómodo después de hablar. Y en algún momento, entre vuelta y vuelta, pensé con una claridad extraña: "esto no lo voy a resolver ahora, y aun así no puedo parar".
El papel en vez de la cabeza
Fue esa noche cuando probé por primera vez algo que llevaba días posponiendo. Había un cuaderno en el cajón de la mesilla, de esos que compras con buena intención y luego no abres. Lo saqué a oscuras, sin encender la luz grande, solo con el resplandor mínimo del móvil apuntando hacia abajo. Y escribí, con una letra que ni yo reconocía de lo torcida que salía: "reunión lunes 9h, miedo a quedarme en blanco".
Nada más. Ni una solución, ni un plan, ni una frase bonita. Solo esas palabras, escritas mal, en un papel que no me iba a juzgar por la letra ni por lo que decía. Y pasó algo que no esperaba: no dejé de pensar en la reunión, pero dejé de sentir que tenía que sostenerla yo solo, dentro de la cabeza, dando vueltas en círculo. Estaba ahí, en el papel. Ya no dependía solo de mi memoria repitiéndola cada dos minutos para no perderla.
No resolví nada esa noche. Pero por primera vez, el pensamiento dejó de vivir solo dentro de mi cabeza.
Lo que quiero que sepas si estás despierto ahora mismo
No dormí del tirón después de escribir eso. Me desperté otra vez sobre las cinco, y la reunión seguía ahí, aunque un poco más pequeña. La cuento esta noche, este domingo concreto con la ropa en la silla, porque fue la primera vez que until until entonces me la había creído tanto, tan literalmente, a esa hora. Y entendí algo que ahora intento recordar cada vez que me pasa: mi cabeza a las tres de la madrugada no estaba diciendo la verdad sobre la reunión. Estaba diciendo lo que dice siempre a esa hora, con la misma voz asustada de siempre.
Si esta noche estás mirando tu propio techo, con tu propia ropa preparada en alguna silla, no te pido que le creas menos de golpe. Te pido solo que, si tienes un papel cerca, pruebes a escribir dos palabras torpes sobre lo que te tiene dando vueltas. No para resolverlo ahí. Solo para dejar de sostenerlo tú solo, en la oscuridad, un rato más.
Y si lo que te da vueltas de noche no es una reunión sino algo que te pesa también de día y no afloja, habla con alguien que pueda ayudarte de verdad. Escribir en un cuaderno acompaña, pero no sustituye eso.