Le grité a Dios en una oración y me dio miedo de mí misma
Estabas de rodillas, o sentada en el borde de la cama, o quizá conduciendo con las manos apretando el volante, y de repente salió. No la oración bonita que llevas ensayando toda la vida, sino algo crudo, algo con voz alta y palabras que después te dio miedo hasta recordar. Le gritaste a Dios. Y cuando terminaste, te quedaste temblando, no por lo que sentías por dentro, sino por lo que acababas de decir en voz alta.
Vayamos directas a lo importante: eso no te saca de la fe. Es, muchas veces, la única forma que te quedaba de seguir hablándole.
Lo que de verdad te asusta
No creo que lo que te dé miedo sea Dios. Creo que lo que te da miedo es tú misma, o mejor dicho, la idea de quién se supone que debías ser. "Una mujer de fe no hace esto", te dices. "Una mujer de fe no le grita a Dios como si Él tuviera la culpa." Y entonces, encima de la pena por la pérdida, te cargas otro peso: la vergüenza de haberte enfadado, la sospecha de que tu fe se está resquebrajando justo en el momento en que más la necesitas.
Esa es la doble carga. No es solo el duelo. Es el duelo más el miedo a estar haciéndolo mal delante de Dios.
Y quiero decírtelo despacio, porque sé que no es algo que se cree con una frase: gritarle a Dios no es lo contrario de creer en Él. Es, de hecho, una prueba de que sigues creyendo que hay Alguien al otro lado escuchando. No le gritas a quien no existe. Le gritas a quien confías que sigue ahí, aunque en ese momento no entiendas nada de lo que ha permitido.
El lamento tiene sitio
No voy a darte una clase, porque tampoco hace falta y porque yo misma aprendí esto llorando, no leyendo un libro de teología. Pero sí quiero que sepas una cosa, con la misma calidez con que me la dijeron a mí cuando más lo necesitaba: el lamento tiene sitio. No es una rareza tuya, ni una grieta nueva en tu fe. Es una forma antigua y honesta de hablar con Dios que existía mucho antes de que tú y yo naciéramos, y que se parece más a lo que tú gritaste que a la oración perfecta que creías que tenías que decir.
El lamento no pide permiso para ser feo. No espera a que estés serena para salir. Sale cuando tiene que salir, con la voz que tenga que usar, y sigue siendo oración aunque no se parezca en nada a las que aprendiste de pequeña.
El paso de hoy: escribirla tal cual salió
Si hoy vuelve esa rabia, no intentes suavizarla antes de dejarla salir. Coge un cuaderno y escribe la rabia tal cual es, sin pulirla, sin traducirla al lenguaje piadoso que crees que tocaría usar. Si lo que sientes es "por qué me has hecho esto", escribe justo eso. Si es un signo de interrogación solo, sin ni siquiera una frase entera, también vale.
Escribirlo a mano, despacio, tiene algo que teclearlo no tiene: te obliga a quedarte con la frase el tiempo suficiente para sentirla de verdad, en lugar de dejarla pasar de largo. Y ese acto —el de sentarte a escribir tu enfado sin editarlo— es en sí mismo una forma de oración honesta, quizá más honesta que muchas de las que dijiste antes, cuando todo iba bien.
Creer y estar furiosa no se anulan la una a la otra. Puedes sostener las dos cosas a la vez, con las manos temblando, sin que ninguna le quite valor a la otra.
Dios no se marcha de la sala
Quiero cerrar esto donde de verdad importa: Dios no se levanta y se va cuando gritamos. No se marcha de la sala cuando lloramos tampoco. Se queda, aunque tú no lo sientas en ese momento, aunque el silencio después del grito te parezca vacío. A Dios no hace falta protegerlo de tu enfado. Ya lo ha sostenido antes, y sabe que detrás de ese grito hay una persona que amó mucho y que ahora no sabe dónde meter tanto dolor.