Miro a otras parejas y me pregunto cuándo se apagó la nuestra
Estás en una terraza, o en la cola del supermercado, o simplemente mirando por la ventana de una cafetería, y los ves: una pareja que se ríe de algo tonto, ella le quita una miga de pan de la comisura del labio, él le dice algo al oído y los dos vuelven a reírse. Y a ti se te encoge algo por dentro. No es un pensamiento largo, es más rápido que eso: un pinchazo, casi físico, en el pecho o en la garganta. Y detrás del pinchazo, la pregunta que no pediste: ¿cuándo se apagó la nuestra?
Si te ha pasado, quiero decirte primero que no eres una persona mezquina por sentirlo. Sé que a veces, justo después del pinchazo, viene la vergüenza: "qué envidiosa soy", "qué feo pensar esto de otra pareja que ni conozco". Pero no es envidia, o no solo eso. Es un aviso. El cuerpo te está señalando algo que echas de menos, algo que fue tuyo y que quieres de vuelta. No es maldad hacia ellos. Es nostalgia de vosotros.
Por qué duele tanto una imagen tan pequeña
Lo que ves en esa terraza dura tres segundos. Una miga de pan, una risa, una mano que roza un hombro sin querer decir nada más que "estoy aquí, contigo". Y sin embargo te deja tocada el resto de la tarde. Yo creo que duele tanto porque es exactamente lo que ya no tenéis, y no hace falta que sea grande para notarlo: no echas de menos un viaje a la playa ni una declaración de amor de película, echas de menos la miga de pan. Lo mínimo. Lo de andar por casa. Y eso, precisamente por ser tan pequeño, es lo que más cuesta pedir en voz alta, porque suena a nada y sin embargo lo es todo.
A mí me pasó delante de una pareja que ni siquiera recuerdo bien, en un bar con demasiada gente y demasiado ruido. Ellos hablaban bajito, con las cabezas casi juntas, y yo estaba sentada enfrente de mi propia pareja mirando la carta como si tuviera algo importante que decidir. No era que estuviéramos mal. Es que llevábamos meses sin acercar las cabezas para nada.
El apagón no llega de golpe, por eso no puedes señalar el día
Una de las cosas que más desconcierta de este pinchazo es que, cuando intentas explicarlo, no encuentras el momento exacto. No hubo una pelea que lo cambiara todo, no hubo un portazo, no hay una fecha en el calendario que puedas rodear con un círculo y decir "aquí empezó". Y eso hace que te sientas un poco loca, o que dudes de si de verdad ha pasado algo o te lo estás inventando.
No te lo estás inventando. Lo que pasa es que estas cosas no llegan como un portazo, llegan como una gotera. Una noche te acuestas diez minutos antes que él o ella porque estás cansada. Otra noche los dos miráis el móvil en la cama en vez de hablar, y no pasa nada, es solo una noche. Y luego otra. Y luego se convierte en costumbre, y la costumbre en silencio, y el silencio, sin que nadie lo decida, en distancia. Nadie lo hizo mal. Nadie fue el culpable. Simplemente el goteo, gota a gota, fue vaciando algo que antes estaba lleno.
No fue un portazo. Fue una gotera. Y por eso no hay un día para señalar, ni nadie a quien culpar.
Un paso pequeño para hoy: anotar, no comparar
La próxima vez que te pase —y probablemente te va a volver a pasar, porque el mundo está lleno de terrazas y de parejas riéndose— prueba a hacer algo distinto con ese pinchazo. En vez de quedarte comparando ("ellos se ríen, nosotros no", "a ellos se les nota, a nosotros no se nos nota nada"), gira la mirada hacia dentro un segundo. Y busca, en los últimos días, un momento propio, por diminuto que sea, en el que sí hubo algo parecido al cariño.
No hace falta que sea gran cosa. Puede ser que te sujetara la puerta sin pensar. Que te preguntara si habías comido bien. Que os cruzarais una mirada de las de antes, aunque solo durara un segundo, delante de la tele. Anótalo, aunque sea mentalmente, aunque sea en una nota del móvil o, mejor todavía, a mano en una libreta. No para demostrarte que todo va bien —puede que no vaya del todo bien—, sino para no dejar que la comparación con esa pareja de la terraza sea lo único que tengas sobre la mesa hoy.
- Un gesto sin palabras que sí llegó a pasar esta semana, por mínimo que fuera.
- Un momento en el que os mirasteis sin que nadie lo forzara.
- Una frase corta que dijiste o que te dijeron y que, si lo piensas, tenía algo de ternura dentro.
La pregunta que de verdad importa
Con el tiempo he aprendido a cambiar la pregunta. No es "qué le pasa a esa pareja que se ríe tanto", ni siquiera "qué nos pasó a nosotros". Es más sencilla y más incómoda a la vez: qué quiero recuperar yo. No lo que cree la gente que debería tener una pareja, no lo que parece desde fuera en una terraza cualquiera. Lo que tú, concretamente, echas de menos: una mano en la espalda, una conversación que no sea sobre horarios, una risa compartida que no dure tres segundos sino que se quede un rato.
Esa pregunta no se responde de golpe, y no pasa nada. Hoy solo hace falta que la dejes ahí, sin cerrarla con prisa, y que la próxima vez que el pinchazo aparezca —porque va a volver a aparecer— sepas que no te está señalando a esa pareja de la terraza. Te está señalando a ti.