Adicción

No duermo por si esta noche suena el teléfono

Te metes en la cama y dejas el móvil bocabajo en la mesilla, con el volumen al máximo, por si acaso. Apagas la luz y te quedas mirando el techo, y aunque cierres los ojos no duermes, escuchas. Escuchas la calle, el ascensor, la puerta. Y si por fin esa noche está en casa, tampoco duermes: te quedas escuchando su respiración al otro lado del pasillo, como cuando era un bebé y comprobabas que seguía vivo.

Llevas así, ¿cuánto? ¿Meses, años? Y una parte de ti sabe que esto no puede seguir así, que un cuerpo no aguanta indefinidamente sin dormir de verdad. Y otra parte, la que manda casi siempre a estas horas, dice que si te duermes y pasa algo, no vas a poder decir que hiciste todo lo posible.

Por qué el cuerpo no se rinde aunque la mente sepa que es inútil

Yo pasé años así, y te voy a decir lo que aprendí, no de un libro sino de mi propia cama, de mis propias noches en vela: la mente puede saber perfectamente que quedarte despierta no evita nada. Que si algo va a pasar, va a pasar igual, estés tú despierta o dormida. La mente lo sabe. Pero el cuerpo no atiende a razones cuando lleva mucho tiempo en alerta.

Un cuerpo que ha vivido sustos de madrugada, llamadas a las tres, puertas que no se abren cuando deberían, aprende a quedarse en guardia aunque ya no haya nada que vigilar esa noche en concreto. Se queda encendido por costumbre, por si acaso, igual que un perro que sigue ladrando a una sombra que ya se ha ido. No es que tú falles al no poder dormir. Es que tu cuerpo lleva demasiado tiempo entrenándose para no bajar la guardia nunca.

Un límite pequeño para esta noche

No te voy a pedir que dejes de preocuparte, porque eso no depende de decidirlo. Pero sí puedes poner un límite pequeño, muy concreto, solo para la vigilancia, no para el amor que hay detrás. Por ejemplo: el móvil se queda fuera del dormitorio, cargando en la cocina o en el salón, y si hay una emergencia de verdad, ya se encargará de que llegue de otra manera, o lo verás en cuanto te levantes.

Si eso te parece demasiado esta noche, empieza más pequeño todavía: pon el móvil en silencio pero con las llamadas repetidas activadas, para que solo te despierte si alguien insiste, no cualquier aviso. O ponte un antifaz y tapones, no porque no te importe, sino porque escuchar cada sonido de la casa no ha evitado nunca nada, y a ti te está costando la salud.

No hace falta que lo hagas perfecto ni que lo sostengas todas las noches desde ya. Prueba una, solo una, y observa qué pasa. Prueba a dejar el móvil fuera del cuarto una noche y mira si el mundo se sostiene igual sin que tú vigiles despierta.

La culpa que aparece justo cuando intentas dormir

En cuanto empiezas a bajar la guardia, aunque sea un poco, aparece la culpa, puntual como siempre: «¿y si me duermo y pasa algo?». Yo la conozco bien, esa voz. Y he aprendido que no hay que discutir con ella, porque no se convence con argumentos. Solo se le puede responder con algo muy sencillo: si pasa algo, dormida o despierta, tú no lo vas a impedir con la fuerza de tu vigilancia. Lo que sí puedes hacer despierta y con cabeza, al día siguiente, con la cabeza descansada, es mucho más que lo que puedes hacer agotada a las cuatro de la madrugada mirando el techo.

Aprendí que quedarme despierta no era cuidarlo a él. Era, sobre todo, no cuidarme a mí.

Y si alguna vez la preocupación no es solo por su consumo sino porque de verdad crees que hay un peligro inmediato, esa sí es una noche para llamar a ayuda profesional o a urgencias, no para quedarte esperando sola con el oído puesto en la pared.

Dormir no es dejar de quererlo

Sé lo que se siente al pensar que dormir es una forma de rendirse, de dejar de estar ahí por él. No lo es. Es empezar a estar ahí también para ti, que buena falta te hace después de tanto tiempo en vela. Puedes quererlo entero y aun así cerrar los ojos esta noche. No son cosas contrarias, aunque durante mucho tiempo lo hayan parecido. Un día cada vez, empezando por esta noche, con el móvil un poco más lejos de tu cabeza.

Esto es acompañamiento, no terapia. Si tú o alguien corréis peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis), SAMHSA 1-800-662-4357 (familias y adicción), Al-Anon/Nar-Anon, y ante una emergencia, 911.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para el padre o la madre que lleva años rescatando a un hijo adulto y ya no sabe cómo dejar de hacerlo sin abandonarlo.

Llévate la guía gratis de 1 página

Déjame tu email y te la envío ahora mismo. «Las 3 C y mi pacto»

Te enviaré la guía y, de vez en cuando, algo que pueda ayudarte. Sin spam; date de baja cuando quieras.