Bienestar

Por qué 30 días, un paso al día, funciona para el duelo de jubilarte

Cuando me jubilé, alguien bien intencionado me dijo que me tomara "un tiempo para pensar" y que seguro que en un par de semanas ya tenía claro qué quería hacer con mi vida. Lo intenté. Cogí un cuaderno, me senté un sábado por la mañana con un café, y me quedé mirando la página en blanco durante una hora sin escribir nada que no fuera mentira o un cliché. Ese fin de semana de reflexión no llegó a ningún sitio, y yo me sentí todavía más perdida, como si encima de no saber quién era ahora, tampoco supiera reflexionar sobre ello como es debido.

El problema no era yo. El problema era la idea de que un duelo así se resuelve en un rato largo de pensar fuerte. No se resuelve. Se atraviesa, y eso lleva tiempo, del mismo modo que llevaría tiempo si hubiera muerto alguien, aunque aquí no haya muerto nadie y a nadie le parezca que tenga derecho a llamarlo duelo.

Las dos trampas que un paso al día evita

Cuando quieres resolver esto de una vez, sueles caer en una de dos trampas. La primera es la parálisis: te sientas a pensar en "qué quiero hacer con el resto de mi vida" y la pregunta es tan grande que no consigues moverte, así que no haces nada, y los días pasan iguales, vacíos, uno detrás de otro.

La segunda trampa es la contraria: el atracón. Te apuntas a todo lo que encuentras la primera semana, clases, actividades, quedadas, como quien intenta llenar un agujero a paladas. Y al cabo de poco estás agotada, sin ilusión por ninguna de esas cosas, y encima con la sensación de haber fracasado también en esto.

Un paso pequeño al día no te deja caer en ninguna de las dos. Es lo bastante manejable como para no paralizarte —hoy solo tienes que hacer esto, nada más— y lo bastante contenido como para no agotarte de golpe. Es la medida justa para ir avanzando sin ni rendirte ni quemarte.

Por qué a mano, y no solo pensarlo

Durante meses pensé las cosas dando vueltas en la cabeza mientras tendía la ropa o fregaba los platos, y siempre llegaba a la misma respuesta cómoda: "estoy bien, esto es normal, ya se me pasará". Es lo que le decía a mi hermana cuando me preguntaba. Es lo que me decía a mí misma.

El día que probé a escribirlo a mano, en vez de solo pensarlo, me costó más de diez minutos terminar una sola frase honesta. Y lo que salió no fue "estoy bien". Fue algo bastante más parecido a "no sé quién soy si no soy la que trabaja". Escribir a mano no deja escurrir el bulto tan fácilmente como pensar. Obliga a ir despacio, a buscar la palabra exacta, y en ese ir despacio aparece la verdad en vez de la respuesta bonita que le sueltas a quien te pregunta por educación.

Por qué treinta días, y no menos

Podría parecer que con una semana bastaría. No basta, y lo sé porque lo intenté. La primera semana solo alcanza para nombrar lo que se ha perdido, y con eso todavía no hay ilusión ninguna, solo el duelo en carne viva. Hacen falta más días para que, poco a poco, sin forzarla, empiece a asomar una curiosidad pequeña por algo nuevo. Y hacen falta más días todavía para empezar a darle forma propia a las mañanas y a las tardes, algo que no se improvisa en un fin de semana ni se decide de un tirón un lunes por la mañana.

Treinta días no son una promesa de que al final del camino vayas a sentirte estupendamente. No lo son, y quien te prometa eso te está mintiendo. Son el tiempo mínimo y honesto que hace falta para dejar de fingir que estás genial, empezar a nombrar lo que de verdad sientes, y que la ilusión llegue por su cuenta, a su ritmo, sin que tengas que forzarla el primer lunes de tu nueva vida.

El objetivo de estos treinta días no es llegar al final y estar bien del todo. Ojalá fuera tan sencillo. El objetivo es mucho más modesto y, creo, mucho más real: haber empezado, un día cada vez, a construir un día que ya sea tuyo. Uno solo. Y a partir de ahí, otro. Si en algún momento la tristeza se alarga más de lo que puedes sostener sola, o te desborda, ese es el momento de buscar a un profesional que te acompañe de cerca; un cuaderno ayuda a empezar, pero no sustituye ese acompañamiento.

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

No es el final. Es el capítulo que eliges tú.

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