La primera vez fue en la cola del supermercado, un martes, sobre las siete de la tarde. Nada especial. Y de pronto el corazón se me disparó como si fuera a salírseme por la boca, me faltó el aire y pensé, con una certeza fría y total, que me estaba muriendo allí mismo, entre la caja y el expositor de chicles.
Dejé la compra en el suelo y salí a la calle casi corriendo. Fuera se me pasó un poco. Pero ya no se me pasó del todo nunca, porque desde ese martes empecé a esperar el siguiente. Y a nadie se lo conté. ¿Cómo lo cuentas? «Creo que me voy a morir en el súper, pero el médico dice que estoy sana.» Así que sonreía, decía «estoy bien» y por dentro todo temblaba.
Fui al médico, claro. Dos veces a urgencias. Un electro, unos análisis, una palmadita: «No tiene usted nada, mujer.» Y yo salía de allí más asustada todavía, porque si no tenía nada, entonces lo que fallaba era mi cabeza. Y eso me daba más miedo que el corazón.
Si no tenía nada, entonces lo que fallaba era mi cabeza. Y eso me daba más miedo que el corazón.
Empecé a esquivar. El súper grande, no; el pequeño de la esquina. La autopista, no; carreteras secundarias por si tenía que parar. Dejé de quedar. Ponía excusas hasta que las amigas dejaron de llamar, y entonces me dolió que no llamaran, aunque había sido yo la que había cerrado la puerta.
El cuerpo iba pasando factura. Dormía a ratos, con el móvil en la mesilla por si acaso, vigilándome el pulso a las cuatro de la madrugada. Me pasaba el día en guardia, esperando el próximo susto que no avisa. Agotada de tener miedo. Esa es la palabra: agotada.
El fondo no fue un drama. Fue una tontería. Una tarde mi hija de seis años me tiró de la manga para que la llevara al parque de siempre, el de la esquina, el de toda la vida. Y yo me quedé mirando la puerta de casa sin poder cruzarla. Por un parque a cien metros.
Le dije que mamá estaba cansada. Ella se encogió de hombros y se fue a ver la tele. Y yo me senté en el suelo del pasillo, con la espalda contra la pared, pensando: hasta aquí. Esto ya no es un susto. Esto me está quitando la vida trozo a trozo.
Esto ya no es un susto. Esto me está quitando la vida trozo a trozo.
El giro tampoco fue un milagro. Fue una frase. Una noche, buscando a las tantas «me late el corazón muy fuerte y no puedo respirar», leí a una desconocida que contaba lo mismo que yo, con mis palabras, y al final decía: «No estás loca. Estás agotada. Y esto tiene nombre.» Lloré. No de pena. De alivio de saber que no era la única del mundo.
A partir de ahí empecé a entender qué me pasaba de verdad. Que aquello tenía un nombre, y que no era el fin del mundo, sino un cuerpo agotado pidiendo que lo escuchara. Ponerle nombre no lo curó. Pero le quitó la mayúscula al miedo.
Y me reconstruí despacio. Un día cada vez. Aprendí a calmar el cuerpo cuando se disparaba, en vez de pelearme con él. A perderle el miedo poco a poco a los pensamientos que me asustaban, a mirarlos sin salir corriendo. Hoy el parque, mañana el súper pequeño, un martes el grande. Con recaídas, muchas. Volví a temblar en una boda. Pero ya sabía que pasaba, y que yo seguía ahí después.
Lo iba escribiendo a mano, en un cuaderno, un paso pequeño al día. No porque nadie me lo mandara, sino porque sacar el miedo de la cabeza y ponerlo en el papel le bajaba el volumen. Escribir era volver a fiarme de mí, un renglón cada vez.
Tardé años en llegar hasta aquí, dando tumbos, sola, creyéndome lo peor. Y lo que más rabia me da es pensar en toda la gente que ahora mismo está en la cola del súper aguantando la respiración, sonriendo por fuera, convencida de que se vuelve loca y sin nadie que le diga que no. Por eso me senté a ordenar lo que a mí me fue sirviendo, para dejárselo a la que está justo donde yo estuve.
