UN RETO DE 30 DĂŤAS

¿Llevas tiempo pidiéndole algo a Dios y no contesta? ¿Ni un sí, ni un no? Y al silencio le has ido sumando, sin querer, la sospecha de que se ha ido, o de que la culpa es tuya por no creer bastante.

Para la que ha rezado y rezado por lo mismo, y siente el cielo de hierro.

Te cuento cómo llegué hasta aquí, a las tres y diez de la madrugada.↓

Las tres y diez de la madrugada. El mĂłvil en la mesilla marcaba esa hora casi todas las noches, como si me esperara. Yo miraba el techo y movĂ­a los labios sin voz, otra vez, pidiendo lo mismo que llevaba pidiendo tanto tiempo que ya me daba vergĂĽenza.

No os voy a decir por qué rezaba. Todas tenemos nuestro «lo mismo». El mío llevaba años entrando por esa puerta a las tres de la mañana y saliéndose antes del amanecer, sin respuesta. Ni un sí. Ni un no. Nada. Al principio rezaba con palabras bonitas; al final solo repetía un nombre y me quedaba callada, esperando que algo se moviera dentro de aquel silencio. No se movía.

Probé de todo. Más iglesia, más ayuno, más rodillas en el suelo frío del pasillo. Compré libros con la palabra «victoria» en la portada. Apunté versículos en pósits por toda la cocina, como si Dios necesitara que le refrescara la memoria.

Y lo pagué sin darme cuenta. Dejé de dormir de verdad. Empecé a decir «bien» cuando me preguntaban, y a cambiar de tema tan rápido que hasta mis amigas dejaron de insistir. Sonreía en el banco de siempre y por dentro pensaba una cosa que no me atrevía a decir en voz alta: que a lo mejor Dios se había ido, o que la culpa era mía por no creer bastante.

SonreĂ­a en el banco de siempre y por dentro me preguntaba si Dios se habĂ­a olvidado de mĂ­.

Esa era la mentira que me contaba: que si aguantaba un poco más, si lo hacía todo perfecto, el cielo dejaría de ser de hierro. Que la espera era un examen y yo lo estaba suspendiendo.

El fondo no fue una tragedia. Fue una tostada. Una mañana quemé el pan, se me disparó la alarma de humos, y me quedé de pie en la cocina con el trapo en la mano, sin fuerzas ni para abrir la ventana. Lloré por una tostada. Y supe que ya no lloraba por el pan.

El giro tampoco fue un milagro. Fue una señora de la parroquia, mayor, de esas que hablan poco. Me vio la cara y me dijo, sin drama: «Hija, esperar no es lo mismo que rendirse. Y no tienes que esperar sola.» Nada más. Se fue a por su bolso. Esa frase se me quedó dentro como una piedrecita en el zapato. Llevaba años confundiendo las dos cosas.

Al día siguiente no recé mejor. Solo empecé a escribir. Un versículo por la mañana, corto, en castellano de toda la vida. Una lectura honesta, sin promesas de cuento. Una oración para ese día, no para toda la vida. Y unas preguntas, con su hueco en blanco, para dejar allí lo que no me cabía dentro.

A mano, siempre a mano. Uno cada vez. Hubo días buenos y días en que solo pude leer y respirar. Recaí más de una vez a las tres y diez; volví a mirar el techo, volví a la piedrecita: no estás sola, no tienes que arreglarlo hoy.

Poco a poco fui soltando los tiempos. Descubrí que en la sequía también crecen raíces, hacia abajo, donde no se ven. Aprendí que su silencio no era su ausencia, y encontré una paz rara, pequeña, que por primera vez no dependía de que la respuesta llegara.

Su silencio no era su ausencia. Y hay una paz que no depende del resultado.

Lo que pedía sigue sin contestarse del todo. No os voy a mentir con un final feliz. Pero un día me di cuenta de que había otras mujeres en aquel banco sonriendo igual que yo, con el mismo «bien» en la boca y el mismo cielo de hierro encima. Y pensé que ojalá alguien les dijera lo que a mí me dijeron. Así que lo escribí. Treinta días, uno cada vez, para la que ha rezado y rezado por lo mismo y ya no se atreve a pedirlo en voz alta. Para que no espere sola.

ÂżTe suena?

Rezas por lo mismo desde hace tanto que ya ni te atreves a pedirlo en voz alta.
SonrĂ­es en la iglesia y por dentro te preguntas si Dios se ha olvidado de ti.
Te han dicho "ten fe" tantas veces que la palabra ya te suena a reproche.
Cuando alguien pregunta "¿y tú cómo estás?", dices "bien" y cambias de tema.
19 €Cuando Dios calla
EL CUADERNO

Por eso escribĂ­ este cuaderno

Es lo que a mí me habría salvado aquellas noches: treinta días para mirar el silencio de frente sin huir, uno cada vez, a mano. No para que Dios conteste mañana, sino para que aprendas a sostener la espera sin que te destruya. Y para que no la sostengas sola.

  • 30 dĂ­as, uno cada vez, sin agobios.
  • Un paso realista al dĂ­a y sitio para escribir a mano.
  • Escrito por alguien que lo ha vivido, no un manual frĂ­o.
Pago seguroDescarga inmediataCuaderno para rellenarGarantĂ­a de 30 dĂ­as

Lo que te llevas

Todo lo que incluye tu cuaderno de 30 dĂ­as

30 dĂ­as, uno cada vez. Un versĂ­culo (en castellano de toda la vida), una lectura corta y honesta, una oraciĂłn para hoy y unas preguntas con sitio para escribir a mano.

Cuatro semanas con un camino: mirar el silencio de frente sin huir; descubrir que esperar no es rendirse; lo que la espera larga te enseña (soltar los tiempos, las raíces que crecen en la sequía); y confiar en el Dios que no ves —que su silencio no es su ausencia, y que hay una paz que no depende del resultado—.

«Mi pacto de esperar con Dios», una página para completar y firmar, para los días en que no puedas pensar con claridad.

Sin finales de cuento. Aquí nadie te promete que mañana se arregla. Se trata de no esperar sola.

Honesto con lo serio. Los días 20 y 27 miran de frente cuándo la espera deja de ser dura y se vuelve un pozo (depresión) que necesita ayuda.

CĂłmo funcionan los 30 dĂ­as

Semana 1

Ver dónde estás

Semana 2

Soltar lo que no puedes

Semana 3

Volver a ti

Semana 4

Tu vida, de nuevo

Quién lo escribe

M

Por Marisa Olmedo

Yo también recé lo mismo tantas noches que perdí la cuenta. Y también me pregunté, en silencio, si el problema era mi fe. Esto lo escribo desde ahí, no desde un púlpito: desde la que sigue esperando.

Lo que dicen quienes lo han hecho

“Por fin dejé de sentirme sola con esto.”

— lector/a

“El primer material que no me juzga.”

— lector/a

“Corto cada día, pero me cambió el mes.”

— lector/a

Sin riesgo para ti

Si en 30 dĂ­as sientes que no era para ti, te devuelvo el importe. Sin preguntas.

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Preguntas frecuentes

ÂżEsto es terapia?
No. Es un cuaderno de acompañamiento espiritual, día a día, para no esperar sola. Si notas que el silencio se te ha vuelto un pozo del que no puedes salir —de hecho hablamos de eso de frente en los días 20 y 27—, este cuaderno te anima a pedir ayuda profesional. Va de tu lado, no en lugar de ella.
Llevo años pidiendo lo mismo y nada cambia. ¿De verdad me va a servir esto?
No te promete que en 30 días Dios conteste lo que llevas tanto tiempo pidiendo. Te promete algo más honesto: que aprendas a sostener la espera sin que te destruya, y que dejes de estar tan sola en ella.
ÂżNecesito saber mucho de la Biblia o tener una fe "fuerte" para hacer esto?
No. Cada día trae el versículo ya traído a un lenguaje sencillo, sin dar nada por sabido. Esto es justo para cuando la fe se siente débil, no para cuando ya la tienes resuelta.
¿Qué pasa si un día no puedo ni escribir?
Está previsto. Hay días en que solo hace falta leer y respirar. Y está "Mi pacto de esperar con Dios", una página ya pensada para los días en que no te salgan las palabras.

Empieza hoy. Un dĂ­a cada vez.

Para la que ha rezado y rezado por lo mismo, y siente el cielo de hierro.

Llévate la guía gratis de 1 página

Déjame tu email y te la envío ahora mismo. «Un salmo, una respiración, una línea»

Te enviaré la guía y, de vez en cuando, algo que pueda ayudarte. Sin spam; date de baja cuando quieras.

Este material es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional.