La primera vez que me escondí en el baño de una fiesta no fue por nada. No había pasado nada. Solo el ruido de todos hablando a la vez, la música por encima, las luces, alguien discutiendo bajito en la cocina. Me senté en el borde de la bañera con el abrigo puesto y cerré los ojos. Cinco minutos, me dije. Cinco minutos y salgo.
Tenía treinta y pocos y llevaba media vida haciendo eso. Buscando baños, escaleras, balcones. Cualquier sitio con una puerta que se cerrara.
Entraba a una reunión tranquila y salía con el humor de todo el mundo pegado a la piel. El enfado de uno, la tristeza de otro, la tensión que nadie nombraba pero que yo notaba como un cambio de presión en el aire. Llegaba a casa vaciada, sin haber hecho nada, y me sentía culpable hasta de estar cansada. ¿Cansada de qué? Si no había hecho nada.
Lo intenté todo para endurecerme. Me decía que era cuestión de proponérmelo, de no darle tanta importancia a las cosas. Me apuntaba a planes que me sobrepasaban para demostrarme que podía. Aguantaba la comida ruidosa, el centro comercial un sábado, la conversación de tres personas a la vez, con una sonrisa por fuera y una alarma sonando por dentro.
Entraba a una reunión tranquila y salía con el humor de todo el mundo pegado a la piel.
Y me lo creí. Me creí lo que llevaba oyendo desde niña. Que era «demasiado sensible». «Demasiado intensa». «Piel fina». «Una exagerada». Lo había oído tantas veces que había dejado de dolerme oírlo de fuera: ahora me lo decía yo, antes que nadie. Me adelantaba. Por si acaso.
El cuerpo, mientras tanto, iba pasando factura por su cuenta. Dormía mal. Me despertaba con la mandíbula agarrotada de apretar los dientes toda la noche. Empecé a decir que no a cosas que me apetecían solo por no gastar la poca energía que me quedaba. Dejé de llamar a amigas. No porque no las quisiera. Porque hablar, incluso con quien más quería, me costaba algo que yo ya no tenía para dar.
El día que toqué fondo no hubo drama. Fue un martes cualquiera. Había quedado con una amiga a la que hacía meses que no veía, de esas que te alegran de verdad. Y a las seis de la tarde le escribí que me había surgido algo. No me había surgido nada. Me quedé en el sofá, con el móvil en el pecho, mirando el techo, y pensé una frase muy fea: así no puedo estar en ningún sitio. Ni fuera, ni conmigo.
El giro tampoco fue un milagro. Fue una frase. Una tía mía, mayor, de las que hablan poco, me vio un día encogida en una comida y me dijo bajito, sin darle importancia: «Tú no eres exagerada, hija. Es que lo oyes todo. Lo que pasa es que nadie te ha enseñado a bajar el volumen».
«Tú no eres exagerada. Es que lo oyes todo. Nadie te ha enseñado a bajar el volumen».
No me arregló la vida. Pero algo se movió. Por primera vez pensé que a lo mejor el problema no era yo. Que a lo mejor no había que endurecer nada, sino aprender otra cosa. Poner filtros, como el que baja una persiana cuando entra demasiada luz. No para no ver. Para poder mirar sin quemarse.
La reconstrucción fue lenta y aburrida, que es como son las cosas que funcionan. Empecé a hacerme una pregunta pequeña cada mañana: ¿qué me va a llegar hoy, y qué puedo poner delante? Salía diez minutos antes para no ir con prisa. Aprendí a irme de los sitios sin pedir perdón, sin inventarme una excusa. A veces me llevaba tapones en el bolso, sin más. Cosas de andar por casa, nada de «respira hondo».
Recaí muchas veces. Hubo semanas que volvía a esconderme en el baño. Pero ya no me insultaba por ello. Un día, un paso, y al siguiente otra vez. Descubrí que no tenía que dejar de sentir tanto: tenía que dejar de disculparme por sentirlo. Lo que cambió no fui yo. Fueron los filtros.
Empecé a escribir todo esto para mí, a mano, en un cuaderno, porque sacarlo de la cabeza y ponerlo en un papel era la mitad del truco. Y cuando lo releí meses después, pensé en todas las que ahora mismo están sentadas en el borde de una bañera con el abrigo puesto, creyéndose exageradas. Lo escribí para ellas. Para la que lo siente todo con el volumen muy alto y lleva años pidiendo perdón por ello. Para decirle, sin prisa y sin recetas mágicas, lo que a mí me habría ahorrado tanto camino: no estás rota. Solo nadie te enseñó a bajar el volumen.
