Las tres y diez de la madrugada. El móvil boca abajo en la mesilla, y yo despierta antes de que sonara, como si el cuerpo lo supiera. No sonó. Pero yo ya estaba sentada en la cama, con el corazón a mil, calculando por dónde andaría, con quién, cómo volvería. Esa era mi vida a esa hora: esperar una llamada que unas noches llegaba y otras, peor, no llegaba.
Le quería. Eso no hace falta que lo explique a nadie que esté leyendo esto. Le quería tanto que me convencí de que quererle era vigilarle.
Al principio fueron cosas pequeñas. Una llamada al trabajo diciendo que estaba con gripe. Un dinero que puse yo y que nadie tenía que saber. Una excusa a su madre, otra a la mía. Tapaba agujeros con las manos, uno detrás de otro, y me parecía lo más natural del mundo. Si yo no lo hacía, ¿quién?
Conté copas. Conté horas. Registré bolsillos con un nudo en la garganta, medio muerta de vergüenza, diciéndome que era por amor. Escondía mi propio mal humor para no encender la mecha. Cancelé cumpleaños, cenas, una boda entera, porque no sabía en qué estado iba a llegar él y prefería no arriesgarme delante de la gente.
Le quería tanto que me convencí de que quererle era vigilarle.
Y mientras tanto, sin darme cuenta, me iba borrando. Dejé de llamar a mis amigas porque no sabía qué contarles que no fuera él. Dejé de dormir de un tirón. El cuerpo empezó a pasarme factura: la mandíbula apretada, el estómago cerrado, un cansancio que no se iba durmiendo porque no venía de no dormir, venía de estar siempre en guardia.
La mentira que me contaba era sencilla y por eso era tan difícil de ver: «si aguanto un poco más, si lo hago bien, si estoy encima, lo salvo». Un día más. Otro día más. Llevaba años de días más.
El fondo no fue una escena de película. Fue una mañana cualquiera, en la cocina. Me preparé un café, me senté, y me di cuenta de que no me acordaba de cómo lo tomaba yo. Con azúcar, sin azúcar, si me gustaba fuerte o flojo. Llevaba tanto tiempo pendiente de lo que necesitaba él que había perdido hasta eso. Una tontería. Un café. Y me eché a llorar encima de la taza como no había llorado por nada gordo.
El giro tampoco fue un milagro. Fue una frase. Una mujer a la que apenas conocía, en una sala prestada, me dijo una cosa que yo llevaba dentro sin saber ponerle palabras: «tú no lo provocaste, tú no lo controlas, tú no lo curas». Tres frases. Me las repetí en el coche hasta aprendérmelas. No me arreglaron la vida esa tarde. Pero por primera vez en años, algo dejó de pesar sobre mis hombros.
No me acordaba ni de cómo tomaba yo el café.
A partir de ahí fue lento. Muy lento, y con marcha atrás. Empecé por lo más pequeño que se me ocurrió: un paso al día, no más. Un día fue no coger el teléfono a la primera. Otro fue no adelantarme a tapar, y quedarme quieta viendo cómo se caía algo que yo siempre recogía, con las manos temblando. Recaí muchas veces. Volví a pagar, volví a mentir, y me perdoné y seguí.
Lo escribía a mano, por las noches, en un cuaderno cualquiera. No para él. Para mí. Fui recuperando cosas mías, una a una: llamé a una amiga, volví a nadar los martes, me compré el café que me gustaba a mí. No arreglé su adicción, eso nunca dependió de mí. Lo que recuperé fue mi vida, que la tenía en pausa «hasta que él estuviera bien», y él nunca estaba bien.
Aprendí a soltar sin dejar de querer, que no es lo mismo que irse. Aprendí que soltar el control no es abandonar a nadie: es dejar de sostener yo sola lo que solo él podía sostener. Y aprendí, esto me costó lo más, que cuidar de mí no me hacía peor persona ni peor pareja. Me hacía una persona entera otra vez.
Escribí este cuaderno porque me acuerdo perfectamente de aquella mujer sentada a las tres y diez, esperando una llamada, sin acordarse de cómo tomaba el café. Si tú estás ahí ahora mismo, con el móvil boca abajo y el cuerpo en guardia, no quiero darte una receta ni prometerte que él cambie. Solo quiero sentarme a tu lado, un día cada vez, y contarte cómo dejé de intentar salvarlo a él para empezar, por fin, a volver a mí.
