El primer lunes me desperté a las seis y diez, como llevaba haciendo treinta y un años. Sin despertador. El cuerpo no sabía que ya no hacía falta. Me quedé quieta en la cama, con los ojos abiertos en la penumbra, esperando esa prisa de siempre que ya no venía. Y no vino.
Me levanté igual. Puse la cafetera, me duché, me vestí con ropa de calle. Y a las siete y media estaba de pie en mitad de la cocina, arreglada, con el bolso preparado, sin ningún sitio al que ir.
El viernes anterior había habido flores. Un reloj bonito en una caja. Una comida en el restaurante de siempre, con discursos y una tarta. «Ahora a disfrutar, Elvira», me dijeron todos, dándome besos. «Te lo has ganado.» Y yo sonreía y asentía, porque eso es lo que toca. Lo que nadie te cuenta es lo que viene después. El lunes.
Estaba de pie en mitad de la cocina, arreglada, con el bolso preparado, sin ningún sitio al que ir.
Al principio me lo tomé como un proyecto. Iba a ordenar los armarios, a pintar el cuarto de atrás, a apuntarme a cosas. Ordené los armarios en tres días. Pinté el cuarto. Me apunté a un taller de acuarela al que fui dos veces. Rellenaba las horas como quien tapa un agujero con periódicos: rápido, sin mirar, para no verlo. Y el agujero seguía ahí debajo.
Empecé a acostarme cada vez más tarde, porque a la cama solo iba a dar vueltas. Dejé de llamar a la gente; ¿para contarles qué? Cuando mi hija preguntaba qué tal, decía «genial, muy tranquila», con una voz que no me creía ni yo. Me ofrecía a hacer recados que no eran míos, a recoger a los nietos días que no tocaban, con tal de que alguien me necesitara para algo un martes por la tarde.
Porque ese era el fondo del asunto, aunque tardé meses en poder decirlo: no echaba de menos el trabajo. Echaba de menos saber quién era al levantarme.
El día que toqué fondo no pasó nada grande. Fue un jueves. Sonó el teléfono a media mañana y era una encuesta, una chica leyendo un guion. Me preguntó mi profesión «a efectos estadísticos». Y me quedé en blanco. Abrí la boca y no supo salir nada. «Jubilada», dije al final, y colgué. Y me quedé sentada a la mesa de la cocina, con el trapo en la mano, llorando por una tontería, por una encuesta, porque durante treinta y un años yo había sido una cosa y ahora, al parecer, no era ninguna.
No echaba de menos el trabajo. Echaba de menos saber quién era al levantarme.
El giro tampoco fue gran cosa. Un domingo, mi nieto pequeño, que tendría seis años, me vio en la ventana mirando la calle y me preguntó, así de golpe: «Abuela, ¿tú qué haces todo el día?». No lo dijo con maldad, era pura curiosidad de crío. Pero esa noche me di cuenta de que llevaba meses intentando contestar a esa pregunta con lo que hacía. Y que a lo mejor la pregunta era otra. No qué hago. Quién soy.
Empecé pequeñísimo, casi a escondidas de mí misma. Una libreta y un rato por las mañanas, después del café. Nada de metas enormes. Un día solo escribía qué había echado de menos de verdad de trabajar, y descubría que no era el trabajo en sí, sino sentirme útil, tener gente alrededor, que el día tuviera una forma. Otro día me obligaba a hacer una sola cosa que me apeteciera a mí, no a los demás. Cosas mínimas.
No fue una línea recta. Hubo semanas en que la libreta se quedaba cerrada y yo volvía a la bata hasta el mediodía. Pero poco a poco fui entendiendo que había que hacer el duelo de aquella vida antes de poder construir otra. Que la nostalgia no se tapa con prisas: se mira de frente, se llora un rato, y luego una sigue. Que estaba aprendiendo a ser, y no solo a hacer, y que eso a mi edad no me lo había enseñado nadie.
Fui armándome un mapa nuevo a trozos. Una rutina que era mía y no de una empresa. Un par de cosas que me ilusionaban de verdad. Una manera distinta de sentirme útil. No recuperé a la de antes, esa ya no vuelve. Encontré a otra, que también soy yo, y con la que se puede vivir bien.
Escribí este cuaderno porque sé que hay muchas mujeres de pie en su cocina un lunes por la mañana, arregladas, con el bolso preparado, sin ningún sitio al que ir, creyéndose que les pasa algo raro por estar tristes teniéndolo todo. No os pasa nada raro. Es un hueco enorme donde antes estaba vuestro nombre, y se puede volver a llenar. Un paso pequeño cada vez. Escrito a mano, sin prisa. Como lo hice yo.
