UN RETO DE 30 DÍAS

Te llaman "la que puede con todo". Cuidas a todos, sostienes la casa, sirves en la iglesia, y por dentro vas raspando el fondo. Y encima crees que descansar es de egoístas.

Para "la que puede con todo" y está vaciada por dentro, con culpa de descansar y miedo de decir que no.

Te cuento cómo llegué hasta aquí

Eran las once y media de la noche y yo seguía planchando camisas que nadie me había pedido. La casa a oscuras, todos durmiendo, y yo de pie en la cocina con la tabla puesta, porque si me sentaba me iba a echar a llorar y no sabía por qué. Recuerdo el olor a algodón caliente y la voz de dentro, tan bajita: solo un poco más, Maribel, tú puedes con todo.

Y podía. Esa era mi especialidad. La comida de mi suegra, los deberes de los niños, el café de después de misa, la lista de la compra de la vecina que estaba mala. Si alguien necesitaba algo, aparecía yo antes de que terminara la frase. En la iglesia me llamaban «un ángel». Yo sonreía. Por dentro iba raspando el fondo.

Lo intenté todo menos lo único que hacía falta. Madrugaba más para llegar a más. Hacía listas de mis listas. Le pedía a Dios fuerzas para seguir dando, nunca permiso para parar. Descansar me parecía de flojas, casi de egoístas, y esa palabra me daba un miedo antiguo que no sabía nombrar.

El cuerpo empezó a pasarme factura primero. Dormía y me levantaba como si no hubiera dormido. La mandíbula apretada. Una tarde, en el coche, con el motor ya apagado, me quedé quieta diez minutos sin poder abrir la puerta, solo por no entrar a hacer una cosa más.

En la iglesia me llamaban «un ángel». Por dentro iba raspando el fondo.

La mentira que me contaba era preciosa: que todo aquello era amor. Que servir sin parar era mi manera de ser buena. No veía que se me estaba acabando lo que repartía, que llevaba tanto tiempo dando de lo que no tenía que ya no quedaba nadie a quien cuidar dentro de mí.

El fondo no fue nada grande. Fue un vaso de leche. Mi hija pequeña me pidió un vaso de leche antes de dormir y yo le contesté de mala manera, con una dureza que no era mía, por algo tan pequeño. Se le llenaron los ojos. Y en su cara, de repente, me vi entera: una mujer vacía repartiendo migajas y llamándolo amor.

El giro tampoco fue un milagro. Fue una mujer mayor de la parroquia, una que apenas conocía, que me puso la mano en el brazo a la salida y me dijo, sin más: «Hija, tú también estás invitada a descansar». Nada de sermón. Se fue. Yo me quedé en el escalón con esa frase clavada, porque nunca se me había ocurrido que el descanso también fuera para mí.

Esa noche abrí la Biblia por donde cayó y me topé con Marta y María. Yo había sido Marta toda la vida, la que se afana y se agita por muchas cosas. Y por primera vez entendí que a María no la reñían por vaga. La habían dejado sentarse. Se podía, sencillamente, estar.

El descanso no se gana raspando el fondo. Se recibe con las manos abiertas.

Volver a mí fue lento y con recaídas. No cambié de golpe. Empecé por una cosa cada día, pequeñita. Un «déjame que lo piense» en vez del sí automático. Diez minutos sentada con un café sin hacer nada útil, aguantando la culpa que me subía por el pecho. Un «hoy no puedo» dicho con cariño y sin cinco excusas detrás.

Muchos días lo hacía fatal. Volvía a coger toda la carga sin darme cuenta y a las once seguía de pie en la cocina. Pero aprendí a pillarme antes. A escribir a mano, por la noche, lo que había cargado ese día y lo que era de verdad mío. Verlo en el papel me lo quitaba un poco de la cabeza.

Y aprendí lo que más me costó: que el descanso no se gana terminando la lista, porque la lista no se termina nunca. Se recibe. Que poner un límite con gracia no me hacía peor cristiana ni peor madre. Que solo se puede dar de verdad desde lo que rebosa, nunca desde lo que se raspa.

Escribí este cuaderno para la que sigue planchando a medianoche camisas que nadie le pidió. Para la que puede con todo y va vaciada por dentro, con culpa de descansar y miedo de decir que no. Lo escribí un día cada vez, con lo que a mí me habría ayudado entonces, para que no tengas que esperar a un vaso de leche para oír que tú también estás invitada a descansar.

¿Te suena?

Dices "estoy bien" con la sonrisa puesta, aunque por dentro ya no quede nada.
Te ofreces la primera para todo, y luego lloras a solas en el coche sin saber muy bien por qué.
Sientes que si un día dices "hoy no puedo", el mundo entero se te viene abajo.
Rezas pidiendo fuerzas, cuando lo que en realidad necesitas es permiso para parar.
19 €Venid a mí los cansados
EL CUADERNO

Por eso escribí este cuaderno

Es lo que a mí me habría hecho falta aquellos años: 30 días, uno cada vez, para nombrar el agotamiento, aprender a descansar de verdad y poner límites con gracia. Para la que puede con todo y ya no puede más.

  • 30 días, uno cada vez, sin agobios.
  • Un paso realista al día y sitio para escribir a mano.
  • Escrito por alguien que lo ha vivido, no un manual frío.
Pago seguroDescarga inmediataCuaderno para rellenarGarantía de 30 días

Lo que te llevas

Todo lo que incluye tu cuaderno de 30 días

30 días, uno cada vez. Un versículo (en castellano de toda la vida), una lectura corta y honesta, una oración para hoy y unas preguntas con sitio para escribir a mano.

Cuatro semanas con un camino: nombrar el agotamiento, aprender a descansar de verdad (Marta y María), poner límites con gracia, y volver a llenarte para servir desde lo que rebosa, no desde lo que se raspa.

Gracia, no culpa. Aquí nadie te dirá que descanses "cuando termines", porque en nuestra vida nunca se termina. El descanso se recibe, no se gana.

Honesto con lo serio. Los días 20 y 27 miran de frente cuándo el cansancio se ha vuelto agotamiento (burnout) o depresión y conviene pedir ayuda.

Cómo funcionan los 30 días

Semana 1

Ver dónde estás

Semana 2

Soltar lo que no puedes

Semana 3

Volver a ti

Semana 4

Tu vida, de nuevo

Quién lo escribe

M

Por Maribel Soler

Durante años fui la que nunca fallaba: la casa, los hijos, la iglesia, todos podían contar conmigo. Hasta que un domingo cualquiera me quedé sin fuerzas ni para levantarme del sofá, y entendí que servir desde el vacío no es fe, es agotamiento. Esto lo escribo desde ahí, no desde una tarima.

Lo que dicen quienes lo han hecho

“Por fin dejé de sentirme sola con esto.”

— lector/a

“El primer material que no me juzga.”

— lector/a

“Corto cada día, pero me cambió el mes.”

— lector/a

Sin riesgo para ti

Si en 30 días sientes que no era para ti, te devuelvo el importe. Sin preguntas.

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Preguntas frecuentes

¿Esto es terapia?
No. Es un cuaderno devocional de 30 días para acompañarte, no un tratamiento ni un sustituto de ayuda profesional. Si el agotamiento se ha vuelto algo más hondo, el propio libro te lo dice y te orienta a pedir ayuda.
Soy de las que no paran ni un minuto, ¿de verdad voy a sacar tiempo para esto?
Son solo diez o quince minutos al día, y está pensado precisamente para quien no tiene margen. No es una tarea más que añadir a la lista: es el único rato del día que es solo tuyo.
¿Me va a hacer sentir más culpable todavía por estar cansada?
Al revés. Aquí no se te dice que descanses "cuando termines", porque esa vida no termina nunca. Se te recuerda que el descanso se recibe, no se gana, y que parar no te hace peor cristiana ni peor madre.
¿Y si mi cansancio ya no es solo cansancio?
Los días 20 y 27 están pensados justo para eso: te ayudan a distinguir el agotamiento normal de un burnout o una depresión, y te dicen con claridad cuándo y a quién pedir ayuda.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para "la que puede con todo" y está vaciada por dentro, con culpa de descansar y miedo de decir que no.

Llévate la guía gratis de 1 página

Déjame tu email y te la envío ahora mismo. «Un salmo, una respiración, una línea»

Te enviaré la guía y, de vez en cuando, algo que pueda ayudarte. Sin spam; date de baja cuando quieras.

Este material es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional.