Fe

Cómo dejar de medirte por lo que haces (sin caer en la autoexigencia de "mejorar")

Llevas un tiempo intentando «trabajar en esto». Leíste algo, te propusiste ser más amable contigo misma, y en cuanto te despistas, ahí está otra vez: la lista mental de lo que falló hoy, la comparación con quien lo hizo mejor, la corrección automática de algo que ya estaba bien. Y entonces piensas que has fracasado incluso en dejar de exigirte tanto.

Antes de seguir, hay una trampa que merece la pena nombrar, porque es la que hace que este camino se sienta tan agotador.

La trampa de "mejorar"

Si te propones «mejorar» tu autoexigencia con la misma exigencia de siempre —midiendo cuánto lo consigues, corrigiéndote cuando te vuelves a medir, apuntando los días que «fallaste»—, no has cambiado de voz. Solo le has dado un tema nuevo a la misma de siempre.

Por eso este no es un plan para hacerlo perfecto desde hoy. Es un intento, con pasos pequeños, de ir reconociendo esa voz cuando aparece y de practicar, poco a poco, una distinta. No hay meta que cerrar de golpe. Hay un día, y luego otro.

Paso 1: pillar a la voz en el momento exacto

No se trata de analizar tu infancia ni de entenderlo todo de una vez. Se trata de algo mucho más simple: notar el instante exacto en que esa voz aparece. El segundo en que comparas tu casa con la de otra, tu cuerpo con el de otra, tu semana con la que «deberías» haber tenido.

Ese momento suele ser rapidísimo, casi invisible. La primera meta, de verdad, no es callarlo. Es simplemente darte cuenta: «ahí está, otra vez comparando». Nada más. Solo nombrarlo ya es un paso, aunque no consigas parar el pensamiento.

Paso 2: escribir la mentira concreta

Cuando pilles a la voz, hay una pregunta que ayuda: ¿qué me estoy creyendo justo ahora? No la sensación vaga de «no doy la talla», sino la frase exacta. «Si fallo, no valgo.» «Si no llego a todo, decepciono a todos.» «Solo merezco descansar cuando termine la lista.»

Escríbela a mano, aunque sean dos líneas en cualquier papel. Verla escrita, con tu propia letra, la saca de la cabeza —donde suena como una verdad indiscutible— y la pone delante de ti, donde por fin puedes mirarla de frente. Y de frente, casi siempre, esa frase suena distinta. Más pequeña. Más discutible.

Paso 3: la pausa de tres respiraciones

Aquí no hace falta ningún truco complicado. Cuando notes que vas a corregir algo automáticamente —una frase que ya estaba bien, un plan que ya era suficiente, un gesto de alguien que ya estaba cuidado—, para. Solo tres respiraciones antes de actuar.

No es magia ni relajación de manual. Es, simplemente, meter un hueco entre el impulso de corregir y la corrección misma. Ese hueco es donde puedes preguntarte: ¿esto necesita de verdad que lo cambie, o ya estaba bien y soy yo quien no sabe dejarlo así?

Paso 4: el gesto de cierre al final del día

Casi todos los días terminan con la lista de lo que quedó a medias. Prueba, en cambio, con un gesto pequeño y concreto que marque que el día se acaba, esté todo perfecto o no: cerrar el cuaderno, apagar una luz concreta, decir en voz baja «esto ya está terminado por hoy».

El gesto no cambia lo que hiciste. Cambia algo más importante: te enseña, poco a poco, que el día puede cerrarse sin haber llegado a todo, y que eso no te hace menos válida.

Un día cada vez, no un mes perfecto

Si mañana vuelves a compararte, a corregir algo que ya estaba bien, a irte a dormir con la lista de lo que faltó, no significa que este camino no funcione. Significa que llevas mucho tiempo escuchando esa voz y que una semana no basta para aprender a escuchar otra.

Y si notas que esta autoexigencia viene acompañada de mucha ansiedad o de una tristeza que no se va por más pasos pequeños que practiques, eso merece mirarlo de cerca con ayuda profesional: no es una señal de que hayas fracasado, es una señal de que este camino necesita un acompañamiento distinto al de un artículo o un cuaderno.

Por lo demás, el camino es este: un día, un momento pillado, una frase escrita a mano, una pausa, un cierre. No hace falta que salga perfecto. De hecho, cuanto menos perfecto te exijas que salga, más cerca estás de haber entendido de qué iba todo esto.

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para la perfeccionista que mide su valor por lo que hace, y está agotada de no llegar nunca.

Llévate la guía gratis de 1 página

Déjame tu email y te la envío ahora mismo. «Un salmo, una respiración, una línea»

Te enviaré la guía y, de vez en cuando, algo que pueda ayudarte. Sin spam; date de baja cuando quieras.