¿Es normal sentir rabia con Dios cuando se muere alguien que quieres?
Sí. Es normal. Puedes soltar el aire que llevabas conteniendo desde que te hiciste esta pregunta, quizá hace semanas, quizá anoche mismo, mirando el techo mientras todos dormían.
Sentir rabia con Dios cuando se muere alguien que quieres no te saca de la fe. No te convierte en una mala creyente. No es la prueba de que tu relación con Él estaba hueca por dentro. Es, casi siempre, todo lo contrario: es la prueba de que era real.
La rabia no es una grieta en la fe, es una señal de vida en ella
Piénsalo así. No te enfadas con un desconocido de la misma manera que te enfadas con alguien de quien esperabas algo. La rabia necesita una relación previa para existir. Si sientes rabia con Dios es porque le hablabas, porque confiabas en Él, porque esperabas que las cosas fueran de otra manera y no lo fueron.
Nadie se enfada con un Dios en el que no cree. La indiferencia no grita. La que grita es la fe herida, y una fe herida sigue siendo fe.
En el duelo, la rabia casi nunca es solo rabia hacia arriba. Es amor que no encuentra dónde ponerse. Es todo lo que querías seguir dándole a esa persona y ya no tiene destinatario. Parte de eso se desvía hacia Dios porque Él es, al final, el único que estaba ahí para impedirlo y no lo impidió. Eso no es una falla moral tuya. Es amar a alguien y no querer, de ninguna manera, que se haya ido.
El lamento tiene sitio, no hay que esconderlo
A veces da miedo decirlo en voz alta, así que se dice en susurros, o solo en la cabeza, o llorando en el coche con el motor apagado. Pero hay una forma de oración que no se parece nada a las oraciones bonitas que aprendimos de pequeñas, y que sin embargo es igual de honesta, quizá más: el lamento.
El lamento es una forma de seguir hablándole a Dios, no de dejar de hacerlo.
No hace falta pulir las palabras. No hace falta empezar con "gracias, Señor" si ahora mismo no sientes gratitud. Se puede empezar por donde de verdad estás: "no lo entiendo", "esto no es justo", "¿por qué él y no otro?", "me duele hasta respirar y no sé si tú lo ves". Eso también es oración. Quizá sea la más sincera que hayas hecho en años.
No hace falta resolver la rabia rápido, ni disfrazarla de "aceptación" antes de tiempo para quedar bien delante de nadie, ni siquiera delante de ti misma.
- Escribe la rabia tal cual sale, sin corregirla ni suavizarla para que suene más piadosa
- No busques cerrar la frase con un "pero confío en ti" si todavía no lo sientes así
- Permite que la misma oración tenga preguntas sin responder al final
Cuándo esa rabia pide, además, una mano profesional
Casi siempre esta rabia va y viene, se mezcla con momentos de paz, con recuerdos que de pronto te hacen sonreír, y con el tiempo encuentra su sitio sin desaparecer del todo. Es parte del valle, no un atasco en él.
Pero hay veces en que la rabia se convierte en un pozo del que cuesta mucho salir sola: cuando no hay ningún día de tregua, cuando el enfado se te derrama hacia todo y hacia todos, cuando llevas mucho tiempo sin poder ni rezar ni llorar, solo sintiendo un vacío plano. Si notas que estás ahí, buscar ayuda profesional no es un fracaso de fe. Es una forma más de cuidado, la misma clase de cuidado que aceptarías si tuvieras una herida en el cuerpo que no cierra sola. Y si en algún momento el dolor se vuelve tan grande que temes por tu seguridad, pide ayuda profesional o acude a urgencias: eso también es una forma de fe en la vida que todavía tienes por delante.
A Dios no hay que protegerlo de tu enfado
A veces creemos que hay que cuidar a Dios de nuestras propias emociones, como si fuera frágil, como si un grito nuestro pudiera hacerle daño o alejarlo. No es así. Él ya ha escuchado lamentos de gente que lo amaba de verdad, gente que le hizo preguntas duras y no recibió una respuesta clara y, aun así, se quedó en la conversación.
Tu rabia no lo aparta de la sala. Puedes gritarle, puedes llorarle, puedes decirle que no entiendes nada de lo que ha pasado, y Él sigue ahí. No hace falta que le hables bonito para que te siga escuchando.