La noche que conté sus copas en la boda de mi hermana
Llevaba un vestido verde que me había costado tres tardes de tiendas. Me lo probé delante del espejo de casa y pensé: esta noche no pienso en él ni un segundo. Duró hasta la copa de bienvenida.
Fue la boda de mi hermana pequeña. Finca con olivos, luces colgando entre los árboles, mi madre llorando antes de que empezara nada. Yo llegué con el propósito firme de estar allí, solo allí, disfrutando de mi hermana. Y durante la primera hora casi lo conseguí.
El brindis que cambió la noche
Fue en el brindis. Alzó la copa con los demás, dijo algo gracioso sobre los novios, todos reímos. Y en ese segundo exacto, sin que yo lo decidiera, mi cabeza ya había empezado la cuenta: esa es la segunda. La había visto llenar la primera hacía veinte minutos, junto a la barra, mientras hablaba con mi cuñado.
A partir de ahí ya no hubo boda para mí. Hubo un cronómetro.
Miraba el reloj del móvil con disimulo. Calculaba: si van tres copas en hora y media, para el baile llevará cinco, y eso ya es territorio conocido, territorio de mal despertar y de mirada perdida. Ensayaba, sin darme cuenta, la frase que usaría si alguien de la familia se daba cuenta antes que yo. Se ha resfriado, está cansado, mañana madruga. Las tenía ya preparadas, como quien lleva un paraguas en el bolso por si acaso, todos los días del año.
Mi hermana bailaba su vals. Yo estaba a ocho metros de distancia, con una copa de vino que no me estaba bebiendo, contando las suyas.
Lo que se me estaba escapando de las manos
Hubo un momento, ya con el baile abierto para todos, en que mi prima me cogió de la mano y me arrastró a la pista. Reí, me dejé llevar dos minutos. Y entonces, en mitad de una vuelta, giré la cabeza sin querer hacia la barra. Buscándolo. Otra vez.
Mi prima me preguntó qué me pasaba. Le dije que nada, que el zapato. Otra mentira pequeña, de las que ya salían solas, sin pensarlas, como quien aparta una mosca.
Y ahí, todavía en la pista, con la música sonando y mi hermana radiante a lo lejos, tuve un pensamiento que no había tenido nunca con esas palabras exactas: llevo años en bodas, cenas, cumpleaños, sin estar en ninguno de verdad. Siempre con media cabeza puesta en la barra.
No estaba viviendo la noche de mi hermana. Estaba vigilando la suya.
No fue un pensamiento dramático ni con lágrimas. Fue más bien frío, casi clínico, como cuando por fin lees bien un número que llevabas semanas leyendo mal. Esa noche no era mía tampoco. Era, otra vez, toda de él.
La decisión pequeña que tomé al volver a la mesa
Volví a la mesa, me senté, y en vez de buscarlo con la mirada me obligué a mirar el centro de flores que había en el mantel. Conté pétalos en vez de copas. Sé que suena tonto escrito así, pero fue lo único que se me ocurrió en ese instante para no seguir calculando.
No dejé de quererle esa noche. No me levanté de la boda ni monté ningún numerito. Solo dejé, durante los siguientes veinte minutos, de llevar la cuenta. Y descubrí algo incómodo: si no contaba sus copas, no sabía muy bien qué hacer con las manos, con la cabeza, con la conversación. Llevaba tanto tiempo ocupada vigilando que se me había olvidado cómo se está, sin más, en una fiesta.
Al final de la noche no supe cuántas copas se había tomado. Y por primera vez en mucho tiempo, no me importó tanto como debería haberme importado antes.
Lo que me llevé de esa boda
No volví a casa con una solución. No hubo conversación seria en el coche, ni promesas, ni nada que se pareciera a un final feliz. Volví con una idea pequeña y clara: esa cuenta que llevaba en la cabeza no era amor, era miedo con forma de aritmética. Y ese miedo llevaba mucho tiempo decidiendo por mí qué noches vivía y cuáles pasaba vigilando desde fuera.
No cambié nada de golpe al día siguiente. Estas cosas no se sueltan de un tirón, se sueltan un poco cada día, con paciencia, casi siempre volviendo a caer en lo mismo antes de conseguir soltarlo un rato más. Pero aquella boda fue la primera vez que until until, en mitad de una fiesta familiar, elegí contar pétalos en lugar de copas. Fue solo un gesto. Pero fue el primero.
Si alguna vez te reconoces contando algo que no es tuyo en mitad de una celebración que sí lo era, no te juzgues por ello. Yo tardé años en darme cuenta de que se puede empezar a soltar esa cuenta, un momento cada vez, sin dejar de querer a nadie por el camino.