La primera vez que ordené su armario y tuve que parar
Había cogido una caja de cartón de las del supermercado, de esas que aún huelen a fruta, y la había puesto en el suelo del dormitorio con una decisión que ahora me parece casi cómica. Hoy sí. Hoy voy a vaciar su armario.
Eran las cuatro de la tarde de un martes cualquiera, de esos que no tienen nada de especial salvo que yo había decidido que fueran el día. Me había puesto un pañuelo en el pelo, como si fuera a limpiar cristales y no a deshacer media vida. Abrí las puertas correderas y ahí estaban, en fila, las camisas que él colgaba siempre por colores, aunque yo nunca entendí ese orden.
Cogí la primera. Una de cuadros azules, la de los domingos. La doblé sobre el brazo con la misma torpeza de siempre, porque nunca aprendí a doblar como él, y la metí en la caja. Una. Cogí la segunda. Y en la tercera, al despegarla de la percha, me llegó el olor.
No sé explicar bien qué es ese olor. No es colonia, aunque también. Es algo suyo, algo que se queda en la tela después de tantos años de que un cuerpo la habite, y que ninguna lavadora del mundo termina de quitar del todo. Me acerqué la camisa a la cara sin pensarlo, como quien busca aire, y ahí se acabó la tarde de ser fuerte.
Me senté en el suelo con la camisa todavía pegada a la cara. No lloré con ese llanto ordenado de las películas, con lágrimas que caen bonitas. Lloré con la boca abierta, con ese sonido feo que una hace cuando está sola y no tiene que disimular para nadie. La caja se quedó ahí, con sus dos camisas dentro, esperando una tercera que no llegó.
La cabeza dice una cosa, el cuerpo dice otra
Lo raro es que mientras estaba en el suelo, con la espalda contra la cama, una parte de mi cabeza seguía dando órdenes. Va, ya está, esto no es nada, son telas, sé razonable. Llevaba semanas diciéndome que ya tocaba, que otras mujeres de la parroquia ya habían vaciado el armario de sus maridos mucho antes que yo, que guardar sus cosas colgadas como si fuera a volver el domingo empezaba a dar un poco de pena a quien me visitaba.
Pero el cuerpo no atiende a razones de calendario. El cuerpo tiene su propio reloj, uno que no coincide con el que llevamos en la muñeca ni con el que llevan los demás cuando preguntan si ya has hecho tal cosa. Yo quería ser capaz esa tarde. Había decidido serlo con la misma fuerza de voluntad con la que decides limpiar un armario de verdad, de ropa vieja que ya no usas. Pero esto no era ropa vieja. Era él, doblado en cuadros azules.
Hay tareas del duelo que no se hacen por fuerza de voluntad. Se hacen cuando el cuerpo por fin puede, no un minuto antes.
Me quedé un rato así, sentada, con la camisa en el regazo, hasta que dejé de temblar. No sé cuánto tiempo pasó. El suficiente para que la luz de la ventana cambiara de sitio en el suelo.
Cerrar la puerta no es rendirse
Al final me levanté, doblé de nuevo la camisa que había sacado de la caja, la colgué otra vez en su percha, y cerré las puertas correderas del armario. Despacio, sin dar el portazo de quien huye de algo, sino con el gesto de quien deja un asunto donde estaba porque hoy no era el día.
Durante un rato me sentí una fracasada. Otra tarea del duelo que no había sabido hacer. Otra prueba de que seguía sin poder con cosas pequeñas, meses después, cuando en teoría ya debería. Esa palabra, todavía, se me clavó especialmente esa noche, sentada a la mesa de la cocina, sola, con la cena a medio comer.
Pero con los días fui entendiendo otra cosa, algo que nadie me dijo con esas palabras exactas pero que fui aprendiendo a fuerza de repetir la escena. Cerrar esa puerta esa tarde no fue una derrota. Fue un permiso. Me di permiso para no estar lista todavía, y ese permiso, con el tiempo, resultó ser más honesto y más sano que la caja llena de camisas dobladas a la fuerza.
- Volví al armario tres semanas después, un sábado por la mañana, sin haberlo planeado
- Esa vez saqué dos camisas y me detuve otra vez, y también estuvo bien
- La tercera vez pude vaciar un cajón entero y hasta me reí recordando una corbata espantosa que él insistía en ponerse
- El armario, meses después, sigue teniendo un rincón que no he tocado, y ya no me pregunto cuándo
Lo que aprendí sentada en el suelo de ese cuarto
Si tú también has tenido tu propia tarde del armario, la tuya propia con su propia caja y su propia manga que te frenó en seco, quiero decirte algo que ojalá alguien me hubiera dicho a mí antes de sentarme en ese suelo sintiéndome fracasada. No hacía falta que esa tarde terminara la tarea. Hacía falta que empezaras, y empezar ya cuenta, aunque solo saques dos camisas y tengas que parar.
El cuerpo sabe cosas que la cabeza todavía no ha aceptado, y cuando el cuerpo dice basta, no es debilidad, es información. Es una manera de decirte que hoy tocaba otra cosa, quizá solo sentarte en el suelo un rato con lo que quedó de él entre las manos. Eso también es duelo. Eso también es amor, del que no se mide en armarios vacíos ni en cajas llenas.
Cierra la puerta si hoy toca cerrarla. Vuelve otro día, con más tiempo, o con menos prisa por demostrarte algo a ti misma. El armario va a seguir ahí. Tú también vas a seguir aquí, un poco más entera cada vez que te permites parar en vez de forzarte.