Fe

Llevo años pidiéndole lo mismo a Dios y no contesta

Lo has vuelto a pedir esta mañana, casi sin palabras nuevas, porque ya no te quedan. Es la misma petición de hace tres años, de hace cinco, puede que de hace más. La dices bajito, con los ojos cerrados en el coche antes de entrar a trabajar, o en la ducha, donde nadie te oye repetir otra vez lo mismo. Y otra vez, nada. Ni un sí que puedas agarrar con las manos, ni siquiera un no que te deje pasar página. Solo el mismo silencio de siempre, ocupando el mismo lugar de siempre.

Quiero decirte algo antes de seguir, porque sé que a veces hace falta oírlo de alguien que no está ahí para juzgarte: pedir lo mismo durante años, sin respuesta, es una de las experiencias de fe más solitarias que existen. Y casi nadie la cuenta. Se habla mucho de milagros que llegaron a tiempo, de oraciones contestadas en el momento justo, de historias con moño al final. De esto —de la petición que se repite y se repite sin que pase nada— casi nadie habla en voz alta. Así que si sientes que eres la única a la que Dios le está tomando tanto tiempo, no lo eres. Solo eres una de las que no lo cuenta en la reunión de los jueves.

La vergüenza que se suma al silencio

Hay algo que duele casi tanto como el silencio de Dios, y es la vergüenza de seguir pidiendo lo mismo tanto tiempo después. Ese pensamiento de "otra vez esto, ¿en serio otra vez esto?". Como si hubiera una fecha límite para pedir algo y tú ya la hubieras pasado hace mucho. Como si insistir te hiciera parecer pesada, poco agradecida con lo demás que sí tienes, o —lo que más pesa— poco creyente por seguir necesitando una respuesta que no llega.

Esa vergüenza no viene de Dios. Viene de comparar tu espera con la de los demás, con las historias resumidas que se cuentan en diez minutos y que en realidad tardaron años en pasar. Viene de no saber que hay muchísima gente, en muchísimos bancos de iglesia y muchísimas cocinas, pidiendo también lo mismo desde hace tiempo y callándoselo por la misma vergüenza que tú sientes ahora.

El silencio no es una sentencia sobre ti

Aquí quiero pararme, porque sé que la cabeza tiende a ir directo a un solo sitio: si Dios no contesta, algo debe estar fallando en mi fe. Y no. El silencio no significa que Dios se haya ido. Tampoco significa que la culpa sea tuya, ni que tu fe sea pequeña, ni que hayas hecho algo para merecer que no te conteste. Esa cuenta —silencio igual a castigo, o silencio igual a fe insuficiente— es una cuenta que hacemos nosotras solas, no una que Dios haya planteado.

Esperar no es lo mismo que rendirse.

Quédate un momento con esa frase, porque es más importante de lo que parece a primera vista. Llevar años pidiendo lo mismo sin soltar la petición, sin dejar de creer que todavía importa, no es debilidad ni es fe insuficiente. Es justo lo contrario: es sostener algo con las manos abiertas durante mucho tiempo, sin que nadie te aplauda por ello. Eso también es fe, aunque no se parezca a la de las historias con final feliz.

Un paso pequeño para hoy

No te voy a pedir que resuelvas nada hoy, porque llevas ya demasiado tiempo cargando con esto como para que encima yo te sume una tarea imposible. Solo te voy a pedir una cosa pequeña, de las que caben en una servilleta o en un pósit pegado en la nevera: escribe, en una sola frase, sin adornos ni explicaciones, qué es "lo mismo" que llevas pidiendo tanto tiempo.

No hace falta que suene bonito ni espiritual. Puede ser tan directo como "que mi hijo vuelva a hablarme", o "que este dolor se vaya", o "que él cambie", o "que llegue el trabajo que llevo pidiendo desde hace tres años". Escríbelo tal cual lo llevas en la cabeza. El motivo de este paso no es conseguir la respuesta, es sacar la petición de donde lleva años dando vueltas —tu cabeza, a solas, de madrugada— y ponerla en un sitio quieto, donde puedas mirarla sin que te devore por dentro.

A veces basta con verla escrita para notar que pesa un poco menos. No porque haya cambiado nada de la situación, sino porque ya no la sostienes tú sola en silencio absoluto: existe también en un papel, fuera de tu cabeza.

Esperar no es rendirse

Si algo quiero que te lleves de este rato juntas es esto: puedes seguir pidiendo lo mismo, con la misma insistencia de siempre, sin que eso te avergüence ni te haga sentir menos creyente. Esperar tanto tiempo no es señal de que hayas fallado en algo. Es señal de que sigues creyendo que esa petición importa, aunque el silencio diga otra cosa.

Y no tienes que sostener esa espera completamente sola, como si fuera un examen que solo tú puedes aprobar. Se puede esperar acompañada —por alguien de carne y hueso, por una libreta donde por fin dices las cosas tal como son, por un rato al día donde no finges que ya lo tienes resuelto. Lo mismo que llevas pidiendo sigue sin respuesta hoy. Pero tú, mientras esperas, no tienes por qué estar tan sola en ello.

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para la que ha rezado y rezado por lo mismo, y siente el cielo de hierro.

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