Fe

¿Es normal dudar de Dios cuando no contesta mis oraciones?

Sí. Es normal. Es más normal de lo que nunca vas a escuchar desde un púlpito, y quiero decírtelo así, sin rodeos, antes de nada: dudar de Dios cuando llevas tiempo pidiéndole lo mismo y no pasa nada no te convierte en una creyente peor. Ni siquiera te convierte en una creyente rara.

Puede que ahora mismo estés esperando el momento del día en que nadie te vea para dejar de fingir que tienes esto controlado. Puede que hayas dudado esta misma mañana, lavándote los dientes, y que ese pensamiento te haya asustado casi tanto como el silencio de Dios en sí. Quédate un momento aquí. No hace falta que resuelvas la duda para seguir leyendo.

Dudar no es lo contrario de creer

Nos enseñaron, sin que casi nadie lo dijera con esas palabras, que la fe es una línea recta: crees, o no crees. Y que dudar es un desliz hacia el segundo grupo. Pero la fe, cuando es real y no una pose, se parece más a una relación que a un examen. Y en cualquier relación con alguien a quien no puedes ver ni oír de forma clara, hay momentos en los que te preguntas si de verdad hay alguien al otro lado escuchando.

Eso no es fallo de fe. Es lo que pasa cuando alguien sigue presente en una relación difícil en vez de desaparecer sin más. Si de verdad te diera igual, no te dolería el silencio. La duda, muchas veces, es la prueba de que todavía te importa la respuesta.

El malentendido que hay que aclarar de una vez

Hay una confusión muy extendida y muy dañina: pensar que dudar de Dios es lo mismo que abandonar la fe. Son dos cosas distintas, aunque en la cabeza cansada de las tres de la madrugada se sientan idénticas.

Abandonar la fe sería dejar de hablarle, dejar de esperar nada de él, cerrar la puerta. Dudar es quedarte en la puerta, con la mano en el pomo, preguntando si de verdad hay alguien ahí dentro. Sigues ahí. Sigues, de alguna manera retorcida y agotadora, con la esperanza puesta en algo. Eso no es lo mismo que rendirse. Es, de hecho, casi lo opuesto: solo se duda de algo que todavía importa.

Esperar no es lo mismo que rendirse.

El permiso que quizá nadie te ha dado

Se puede rezar y dudar en la misma frase. No hace falta ordenar primero la duda, archivarla, resolverla, y solo entonces volver a hablarle a Dios con la conciencia tranquila. Puedes decir 'no sé si esto sirve de algo, pero aquí estoy otra vez' y que eso cuente como oración. Cuenta. No existe una versión de ti con menos dudas esperando en algún lugar más digno de ser escuchada.

Piensa en lo que de verdad estás pidiendo cuando dudas en voz alta: no estás pidiendo permiso para dejar de creer. Estás pidiendo que el silencio no te obligue a fingir que todo está resuelto por dentro. Y esa es una petición honesta, no una traición.

  • No necesitas 'reparar' tu fe antes de volver a rezar.
  • No necesitas fingir certeza para que tu oración cuente.
  • No necesitas esconder la duda de la gente de tu iglesia para seguir perteneciendo ahí.
  • No necesitas resolver nada esta noche.

Lo que sostiene cuando la duda no se va

Hay una idea que no resuelve el silencio, pero cambia cómo se siente vivir dentro de él: su silencio no es su ausencia. No es una frase para que la duda desaparezca de golpe, como si fuera magia. Es una frase para llevar en el bolsillo mientras la duda sigue ahí, molestando un rato más. Puedes dudar y, al mismo tiempo, sospechar con algo de esperanza que ese silencio no significa que te hayan dejado sola en la sala.

Si la espera se ha alargado tanto que ya no es solo silencio de Dios sino que sientes que algo dentro de ti se ha apagado del todo —no dormir, no comer, no encontrar sentido a nada de lo que antes te sostenía— eso merece más que una idea bonita para el bolsillo: merece que se lo cuentes a alguien preparado para acompañarte de cerca, un profesional. Pedir esa ayuda no es lo contrario de tener fe. Es cuidar el sitio donde la fe tiene que vivir.

Para el resto de los días, los que son duros pero no ese pozo, quizá lo único que necesitas hoy es escribir, a mano, una sola frase: qué es exactamente lo que dudas ahora mismo. No para resolverlo. Solo para dejar de cargarlo tú sola, dando vueltas en la cabeza, como si fuera un secreto que no se puede decir ni siquiera en un papel.

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para la que ha rezado y rezado por lo mismo, y siente el cielo de hierro.

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