Mente

Me llevo toda la vida oyendo que soy "demasiado sensible"

«Eres demasiado sensible.» «Qué piel más fina tienes.» «No seas exagerada.» Puede que te lo dijeran en el colegio, en casa, en una relación, en una reunión de trabajo. Y en algún momento, sin que nadie se diera ni cuenta, dejó de hacer falta que te lo dijeran los demás. Ya te lo dices tú, antes que nadie, en cuanto notas que algo te ha afectado más de lo que «debería».

Se te llenan los ojos de lágrimas en una conversación normal y ya estás pensando «otra vez, qué exagerada». Te afecta un comentario que a otra persona le resbala y ya te estás disculpando por dentro antes de que nadie diga nada. Esa vocecita se ha vuelto más rápida que la de cualquier otro.

Cuándo dejó de doler que lo dijeran otros

Hay un momento raro en el que la frase deja de doler viniendo de fuera, y es precisamente porque ya te la has dicho tú primero, por dentro, más rápido y más veces. Es casi un mecanismo de protección: si ya me lo he dicho yo, que no me pille de sorpresa que me lo diga otro.

Pero ese mecanismo tiene un precio. Te vas quedando sin ese primer momento de sorpresa o de duda cuando alguien te lo dice, ese «espera, ¿de verdad soy exagerada?». Ya ni lo cuestionas. Lo das por hecho. Y eso, con los años, pesa más que la frase en sí.

Sensibilidad no es lo mismo que defecto

Aquí quiero pararme con cuidado, porque esta es la parte que más cuesta creerse cuando llevas tanto tiempo oyendo lo contrario: la sensibilidad no es un fallo de fábrica. Es un rasgo, como la altura o el tono de voz, que en tu caso viene con el volumen más alto para casi todo lo que entra: ruidos, palabras, ambientes, el estado de ánimo de los demás.

El problema nunca ha sido que sientas fuerte. El problema es que nadie te dio, a tiempo, unos filtros a la medida de ese volumen. Te dieron consejos pensados para gente con el volumen más bajo: «no le des tantas vueltas», «no te lo tomes tan a pecho». Y como esos consejos no funcionaban para ti, la conclusión que sacaste no fue «estos consejos no me sirven», sino «hay algo mal en mí».

El problema no es sentir. El problema es no tener con qué filtrar lo que sientes.

Un paso pequeño para hoy

Te propongo algo muy concreto, nada de grandes reflexiones. Coge un papel, a mano, y escribe una frase que te han dicho toda la vida sobre esto. Puede ser «eres demasiado sensible», «no seas exagerada», la que sea, tal cual la recuerdas.

Ahora tacha la palabra «demasiado» o «exagerada», la que hayas puesto, y lee lo que queda.

  • «Eres sensible.» Sin más.
  • «Sientes las cosas.» Sin más.
  • «Lloras con facilidad.» Sin más.

Fíjate qué distinto suena sin esa palabra de más. Lo que queda ya no es una acusación, es solo una descripción. Y una descripción se puede trabajar; una acusación solo se puede cargar.

El problema no es sentir

No te estoy diciendo que dejar de repetirte esa palabra vaya a arreglarlo todo de golpe, ni pretendo que mañana no te vuelva a salir el «qué exagerada soy» en cuanto se te salten las lágrimas en el metro. Yo también me lo digo a veces, todavía, y lo cuento sin vergüenza.

Pero quiero dejarte esta idea para que la lleves puesta: el problema nunca ha sido que sientas tanto. El problema es que has ido por la vida sin los filtros que ese volumen alto necesita. Eso se puede aprender, un poco cada día. No para sentir menos, sino para no pagar tan caro por sentir así.

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para la que lo siente todo con el volumen muy alto y lleva años oyendo que es «una exagerada».

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