Mente

Por qué llego agotada de una reunión donde no hice nada

Sales de la reunión y no ha pasado nada. Nadie ha gritado, no ha habido ningún drama, ni siquiera has hablado mucho. Y aun así llegas a casa como si hubieras cargado cajas durante tres horas. Te sientas en el sofá, no tienes ganas de hablar con nadie, y por dentro piensas: «qué me pasa, si no he hecho nada?».

Yo he tenido esa misma sensación muchas veces. Vuelves de una comida familiar, de una reunión de trabajo, de tomar un café con alguien, y el cuerpo pesa distinto. No es cansancio de haber corrido. Es otro tipo de cansancio, más raro de explicar, y por eso mismo más fácil de callarte.

No es pereza, ni exageración

Lo primero que quiero decirte es esto: no te lo estás inventando. No eres perezosa, ni floja, ni una exagerada por llegar agotada de un rato tranquilo. Lo que ha pasado es que has estado absorbiendo, sin proponértelo, el humor de la sala entera.

El tono un poco tenso de tu jefe aunque no dijera nada raro. La cara cansada de tu hermana aunque sonriera. El silencio incómodo de dos segundos cuando alguien mencionó un tema espinoso. Tú captaste todo eso, lo procesaste, y encima seguiste llevando la conversación como si nada. Ese «como si nada» es el que te ha costado la energía del día.

Hay personas que salen de una reunión habiendo registrado solo lo que se dijo. Y hay personas, y tú probablemente eres una de ellas, que salen habiendo registrado también lo que no se dijo: los gestos, los silencios, la tensión de fondo. Eso no es un defecto de carácter. Es que tu radar viene de fábrica más afinado, y capta más señales de las que la mayoría ni siquiera nota que están ahí.

Qué es en realidad ese agotamiento

A esto yo lo llamo sobreestimulación, aunque la palabra suena más fría de lo que es en realidad. Quiere decir simplemente que a tu sistema le ha entrado más información de la que puede procesar mientras pasa, y ahora, ya en casa, sigue digiriéndola. No hace falta que haya sido una reunión difícil. Basta con que haya habido gente, ruido de fondo, más de una conversación cruzándose, y emociones ajenas circulando por el aire.

No es un fallo tuyo. Es más bien como si tu cuerpo tuviera el volumen puesto más alto que el de otras personas para todo lo que entra por los sentidos y por el ánimo de quienes te rodean. Y cuando el volumen está así de alto, cuesta más apagarlo de golpe al llegar a casa.

El problema no es que sientas demasiado. El problema es que nadie te enseñó a bajar el volumen cuando llegas a casa.

Un paso pequeño para hoy

No te voy a pedir que medites media hora ni que hagas una rutina complicada. Te voy a pedir algo mucho más pequeño: cinco minutos de descarga al llegar a casa, antes de hablar con nadie.

Puede ser quedarte sentada en el coche un momento antes de entrar. Puede ser ir directa al baño, cerrar la puerta, y no decir nada durante esos cinco minutos aunque alguien te llame desde el salón. No es descortesía, es higiene: estás dejando que baje el volumen antes de seguir procesando más cosas encima de lo que ya traes.

  • Nada de pantallas ni de contestar mensajes en esos cinco minutos.
  • No hace falta explicárselo a nadie todavía; solo hazlo.
  • Si vives con alguien, un simple «dame cinco minutos» basta.

Puede que la primera vez te sientas rara haciéndolo. Está bien. No es un ritual mágico, es solo darle a tu cuerpo el hueco que necesita antes de seguir exigiéndole cosas.

No hace falta haber hecho nada mal

Quiero cerrar con esto porque sé que, si eres como yo, en algún momento te has preguntado si necesitas descansar «tanto» por algo tan pequeño como una reunión tranquila. Y la respuesta es que sí, lo necesitas, y no hace falta justificarlo con nada grave que haya pasado.

No hiciste nada mal. No exageraste. Simplemente absorbiste más de lo que se ve a simple vista, y ahora tu cuerpo te está pidiendo el espacio para soltarlo. Dárselo no es un capricho, es la única forma de que mañana puedas volver a estar entre gente sin llegar igual de vaciada.

Esto es acompañamiento, no terapia, y no sustituye la ayuda de un profesional. Si tú o alguien estáis en peligro, pedid ayuda: en EE. UU., 988 (crisis) y, ante una emergencia, 911. Si hay maltrato, National Domestic Violence Hotline 1-800-799-7233. Y si el malestar se ha vuelto constante, habla con un psicólogo.

Empieza hoy. Un día cada vez.

Para la que lo siente todo con el volumen muy alto y lleva años oyendo que es «una exagerada».

Llévate la guía gratis de 1 página

Déjame tu email y te la envío ahora mismo. «El volcado de 5 minutos»

Te enviaré la guía y, de vez en cuando, algo que pueda ayudarte. Sin spam; date de baja cuando quieras.